No es novedad en esta nuestra España, y por extensión en este siglo que se dice de luces pero que a ratos parece de sombras chinescas, que el hombre se canse de su propia condición. Hartos estamos de vernos en el espejo y no hallar sino la mediocridad de un rostro que debe afeitarse, una boca que debe callar ante el poderoso y unas piernas que no sirven sino para llevarnos de una oficina a otra.
Pero la última moda, señores míos, no es ya el cambio de casaca, ni el afrancesamiento de las costumbres, ni siquiera la mudanza de opinión política según sople el viento de la Gaceta. No. Lo último, lo más «progresivo» y lo más hondo, es sentirse bestia.
La metamorfosis del ocio
Hablo de esa nueva ralea de seres que se autodenominan therians. Dicen estos caballeros y damitas —si es que tales términos no les ofenden por ser demasiado «sapiens»— que su alma, esa chispa divina que nos separa del barro, se ha equivocado de estuche. Que en el pecho de un joven de buena familia late, no un corazón cristiano, sino el de un lobo estepario; que bajo la levita de un empleado de correos se esconde la esencia de un gato montés.
¡Qué comodidad, Dios mío! ¡Qué hallazgo para la vagancia nacional!
"Si el hombre es un lobo para el hombre, como decía Hobbes, el therian es un lobo para sí mismo, pero con máscara de peluche y menos colmillos que un recién nacido."
Ya no es necesario estudiar leyes para ser alguien; basta con ponerse una cola de zorro y aullar a la luna desde el balcón de un cuarto piso en la calle de la Montera. El que no sirve para el comercio, se siente lince; el que teme al trabajo, se declara perezoso por derecho biológico; y el que no tiene nada que decir en una tertulia, gruñe, que es forma de elocuencia mucho más económica y difícil de refutar.
Anatomía del disparate
Obsérvese el rigor de la escena: vemos a un joven, otrora esperanza de la patria, saltando por los parques a cuatro patas. Se le pregunta por su destino, por su oficio, por su contribución al bien común, y responde con un bufido.
El disfraz como dogma: No se crean que es un baile de máscaras. ¡Pobre de aquel que lo sugiera! Es una "identidad". El hábito ya no hace al monje, ahora la oreja de cartón hace al coyote.
La superioridad del instinto: Se nos dice que el raciocinio es una cárcel. ¡Vaya si lo es! Sobre todo cuando obliga a pagar impuestos, a respetar el orden y a lavarse la cara. ¡Cuánto más libre es el cánido que orina en la esquina sin temor al alguacil!
La melancolía del pelaje: Hay en ellos una tristeza profunda por no haber nacido con garras. Lloran la falta de escamas mientras devoran un suculento cocido pagado por sus padres, quienes, por desgracia, siguen siendo irremediablemente humanos y proveedores.
El espejo de la sociedad
¿Y qué buscamos con esto? ¿No es acaso la confesión más amarga de nuestro fracaso? El hombre, incapaz de arreglar el mundo que ha construido, decide que lo mejor es abdicar de la humanidad. Es la sátira final de nuestra civilización: hemos inventado el vapor, la imprenta y la vacuna, para terminar deseando lamerse las patas en un rincón.
Escribir en Madrid es llorar, decía yo hace tiempo; ahora, escribir en Madrid es ladrar. Porque ya no se discute sobre la Constitución, ni sobre la libertad de prensa, ni sobre los derechos del ciudadano. Esas son nimiedades de hombres. Ahora la gran cuestión es si el espíritu de tigre tiene derecho a una caja de arena en las escuelas públicas.
Conclusión de un servidor
Si esta moda persiste, no tardaremos en ver las Cortes convertidas en un zoológico —aunque algunos dirán que la diferencia será imperceptible—. Veremos al señor Ministro de Hacienda huyendo de un puntero láser y al Jefe de la Oposición enterrando un hueso en el patio del Congreso.
Yo, que soy un romántico pasado de moda, me quedo con mi pluma y mi desesperación. Porque para ser bestia, me basta con ver cómo nos tratamos los unos a los otros, sin necesidad de ponerme orejas de fieltro. Al menos, los lobos de verdad tienen la decencia de no pretender que son poetas.
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