Los garajes del señorito moderno: sátira afilada sobre el derecho a fastidiar
Hay una máxima antigua que algunos han aparcado en doble fila: los derechos de uno terminan donde empiezan los de otro. En nuestro barrio esa máxima ha sido sustituida por otra, más corta y más ruin: “mi plaza, mi renta, mi derecho a fastidiar”. Y como toda buena ruina, se sostiene con orgullo y con llave de garaje.
El hidalgo de la llave y su feudo de hormigón
Imaginen al hidalgo urbano: no tiene escudo, tiene recibos. Compró garajes como quien colecciona sellos; cobra por ellos como quien cobra diezmos; aparca un coche en el garaje, otro en la calle y guarda la tercera plaza “por si viene la nieta”. Su argumento es sencillo y contundente: compré, pago, dispongo. Traducción: compré, me aprovecho, dispongo del resto como si fuera mi cortijo.
Si el dinero fuera título nobiliario, este señor sería duque. Y si la llegada temprana fuera derecho divino, él sería el primer habitante y, por tanto, el dueño de todo. Así, por la regla del “primero llego, primero compro”, podría adquirir todos los garajes del barrio y convertir la movilidad en su monopolio personal. ¿Alguien quiere garaje? Pues que pague mi peaje. ¿No te gusta? Compra uno. ¿No puedes? Pues que te aguantes. La ciudad convertida en mercado de peajes privados: elegante, rentable y profundamente indecente.
El supermercado como puerto franco del despropósito
No hay plazas suficientes, así que los coches emigran al supermercado 24 horas, que sin quererlo se transforma en puerto de desembarco de vehículos sin patria. Los carros de la compra se quedan varados entre SUV y furgonetas, las madres hacen slalom con los bebés y los ancianos practican el noble arte de esquivar retrovisores. Resultado: clientes que se van al Lupa porque allí, al menos, el parking es “privado para clientes” y la humillación viene con menos ruido.
Multas hubo; denuncias también. ¿Sirvieron? No. La costumbre se instaló como un mueble viejo que nadie quiere mover. Lo ilegal se volvió hábito, y el hábito se volvió excusa. Mientras tanto, el hidalgo sonríe: su renta entra puntual y su conciencia, si la tiene, se aparca en doble fila.
Libertad o libertinaje con matrícula
La libertad no es un cheque en blanco para invadir el espacio ajeno. Tener derecho a alquilar no te da derecho a arrebatar el derecho de los demás a moverse, comprar o pasear. Cuando el “libre mercado” se practica en la acera, la libertad de uno se come la libertad del otro. Y si el precio de una plaza es 18.000 euros —casi el salario anual de una persona—, entonces la movilidad deja de ser un servicio y pasa a ser un lujo con IVA.
Que alguien tenga dinero no le otorga un título para rediseñar la ciudad a su antojo ni para transformar la necesidad ajena en su negocio. El argumento del “porque puedo comprarlo todo” suena a confesión: puedo, luego me aprovecho; me aprovecho, luego me justifico. Es la lógica del saqueador con factura.
Ridiculizar para despertar: la sátira como espejo
Si los grandes satíricos del Siglo de Oro levantaran la vista, se inclinarían ante la escena: un coro de vecinos que aplaude su propia comodidad mientras expulsa a otros del espacio común. El que alquila plazas y aparca en la acera es un moderno señor feudal que cobra peaje por respirar la ciudad. La ironía es deliciosa: se presume de libertad mientras se practica el más burdo de los privilegios.
La sátira debe ser cuchillo y espejo. Que el que se aprovecha sienta la punzada de la vergüenza; que su sonrisa de recibo se convierta en mueca. Reírnos no es humillar por deporte; es señalar con humor afilado la mezquindad que se disfraza de derecho. Si la burla no despierta conciencia, se queda en chiste; si hiere, quizá haga pensar.
Moraleja punzante
No se trata de demonizar la propiedad privada ni de prohibir el alquiler de plazas. Se trata de poner límites. La convivencia exige renuncias pequeñas y gestos grandes: no aparcar en la acera, no convertir un supermercado en tu cochera personal, no normalizar lo injusto. Y sobre todo, poner freno al argumento del “porque puedo comprarlo todo”.
Que el que se aprovecha lea esto y sienta, aunque sea por un instante, la incomodidad que provoca. Que el que cobra por plazas y deja la calle como vertedero de su beneficio piense en la cara de la madre con el carrito, del anciano que no puede pasar, del cliente que se va a otro supermercado. No es solo una cuestión de orden público ni de multas: es una cuestión de dignidad. La dignidad no se aparca en doble fila; la dignidad no tiene matrícula.