Autopsia de un país que aún firma actas de defunción en diferido
(Sátira en grado mayor. No apta para optimistas funcionales.)
Hay quien insiste en que España es un país. Otros, más imaginativos, la llaman democracia. Yo prefiero una definición más modesta y más precisa: es un decorado. Un decorado caro, eso sí, lleno de figurantes bien pagados y con un guion tan malo que ni sus propios autores lo leen, pero decorado al fin y al cabo. Aquí la política no se gobierna: se interpreta. Y casi siempre en clave de astracan.
El sistema político —esa maquinaria solemne que suena a hojalata— funciona con la puntualidad de un tren fantasma: siempre llega tarde, siempre hace ruido y siempre alguien sale mareado. Cada decisión es un parche, cada reforma es una excusa y cada rueda de prensa es un ejercicio de ventriloquía donde nadie mueve los labios pero todos mienten con gran convicción.
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I. El Gobierno: el arte de no hacerse cargo de nada
El Gobierno gobierna como quien conduce mirando solo el retrovisor: con miedo, con nostalgia y echando la culpa al de atrás. Si algo sale mal, es herencia recibida. Si sale peor, es culpa del contexto internacional. Si es un desastre absoluto, entonces es culpa de la ciudadanía, que no ha entendido la brillantez del desastre.
Gobernar, hoy, consiste en tres tareas fundamentales:
Anunciar planes que no se cumplirán,
Vender como éxito lo que ayer llamaban emergencia,
Y presentar cada improvisación como si fuera una estrategia a largo plazo.
El Gobierno no gestiona problemas: los administra en cuotas de titulares. Y cuando la realidad insiste en estropear el relato, se cambia el relato, no la realidad. Para eso están los asesores: para que la verdad no estorbe a la comunicación.
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II. La oposición: la noble ciencia de esperar sentado
La oposición, por su parte, no propone: aguarda. No construye alternativas: colecciona errores ajenos como quien guarda cupones para canjearlos en las próximas elecciones. Su programa político suele caber en una frase: “Cuando caigan estos, ya veremos”.
Critican todo con la misma energía con la que, si gobernaran, harían exactamente lo mismo, pero con otra tipografía en las notas de prensa. La oposición española no es un contrapoder: es un relevo de turno en una obra de teatro que lleva décadas en cartel con los mismos actores y distinto vestuario.
Y cuando por casualidad tienen razón, la desperdician con tanto entusiasmo que uno sospecha que la incompetencia aquí ya es una tradición constitucional no escrita.
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III. Bruselas: el oráculo burocrático
Luego está Bruselas, esa divinidad lejana que todo lo ve, todo lo mide y todo lo convierte en formulario. Bruselas no gobierna países: los audita. No habla de ciudadanos: habla de “indicadores”. No decide: “recomienda”, que es una forma elegante de ordenar sin mancharse las manos.
Desde allí nos envían fondos con una mano y normativas con la otra, y luego nos miran con decepción profesional cuando descubrimos que usar el dinero en condiciones exige algo que aquí escasea más que el sentido común: gestión competente.
Bruselas es como ese médico que receta dieta estricta a un paciente al que previamente ha empujado a un buffet libre y luego se sorprende de que esté obeso, cansado y de mal humor.
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IV. El campo, la industria, y la gente que estorba al relato
Y mientras tanto, fuera del plató, está la gente que trabaja. Gente incómoda. Gente que produce. Gente que no cabe en un eslogan.
Los ganaderos, agricultores, autónomos y demás sospechosos habituales de sostener el país empujan su piedra cada día, pero aquí Sísifo no tiene ni mito: tiene inspecciones, tasas, normativas contradictorias y discursos motivacionales desde despachos con calefacción central.
Ellos piden poder vivir de su trabajo.
El sistema les ofrece mesas de diálogo, comisiones de estudio y un PDF de 200 páginas.
Es decir: nada, pero bien maquetado.
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V. Manifestarse: el deporte nacional no federado
Cuando todo falla, salimos a la calle. No porque creamos que servirá, sino porque quedarse en casa ya parece complicidad. La manifestación española es un ritual de desahogo colectivo: se grita, se camina, se vuelve a casa y al día siguiente todo sigue igual, pero con más titulares y menos paciencia.
El poder mira estas marchas como quien mira el oleaje: molesta, hace ruido, pero uno confía en que pase sin mojarle los zapatos.
La protesta aquí no es un mecanismo de cambio: es una válvula de escape para que nada cambie demasiado.
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VI. El sistema: un monumento al parche
Nuestro sistema político no está diseñado para resolver problemas, sino para sobrevivir a ellos. No busca eficacia, busca aguantar. No aspira a funcionar bien, aspira a no caerse del todo.
Cada reforma es provisional.
Cada ley nace con fecha de caducidad implícita.
Cada promesa es una hipoteca que sabe que no pagará el mismo que la firma.
España no avanza: se las apaña. No planifica: reacciona. No corrige: disimula.
Es un país que confunde estabilidad con parálisis y consenso con resignación.
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VII. Epílogo: instrucciones para no volverse cínico del todo
Si Larra levantara la cabeza, no escribiría: levantaría acta. Y aun así, la realidad le parecería excesiva, poco verosímil, mal construida como novela, pero impecable como sátira involuntaria.
Aquí la política ha superado a la caricatura, la gestión ha superado a la parodia y el sistema ha superado a cualquier intento honesto de tomárselo en serio sin desarrollar una ligera ironía defensiva.
Seguimos, sí.
No por esperanza, sino por costumbre.
No por convicción, sino por inercia.
Y escribimos sátiras no para reírnos del país, sino para no acabar gritándole.
Si has llegado hasta aquí, no aplaudas el texto.
Apláudete a ti: en este país, aún leer la verdad con forma de ironía es un pequeño acto de resistencia civil.
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Si quieres, lo puedo afilar todavía más hacia un formato de columna de opinión de alto impacto, editorial incendiario o monólogo político para radio/podcast. Aquí ya estamos en nivel “que alguien se enfade… y con razón”.
A 02/02/2026
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