lunes, 2 de febrero de 2026

Los garajes del señorito moderno

Los garajes del señorito moderno: sátira afilada sobre el derecho a fastidiar

Hay una máxima antigua que algunos han aparcado en doble fila: los derechos de uno terminan donde empiezan los de otro. En nuestro barrio esa máxima ha sido sustituida por otra, más corta y más ruin: “mi plaza, mi renta, mi derecho a fastidiar”. Y como toda buena ruina, se sostiene con orgullo y con llave de garaje.

El hidalgo de la llave y su feudo de hormigón

Imaginen al hidalgo urbano: no tiene escudo, tiene recibos. Compró garajes como quien colecciona sellos; cobra por ellos como quien cobra diezmos; aparca un coche en el garaje, otro en la calle y guarda la tercera plaza “por si viene la nieta”. Su argumento es sencillo y contundente: compré, pago, dispongo. Traducción: compré, me aprovecho, dispongo del resto como si fuera mi cortijo.

Si el dinero fuera título nobiliario, este señor sería duque. Y si la llegada temprana fuera derecho divino, él sería el primer habitante y, por tanto, el dueño de todo. Así, por la regla del “primero llego, primero compro”, podría adquirir todos los garajes del barrio y convertir la movilidad en su monopolio personal. ¿Alguien quiere garaje? Pues que pague mi peaje. ¿No te gusta? Compra uno. ¿No puedes? Pues que te aguantes. La ciudad convertida en mercado de peajes privados: elegante, rentable y profundamente indecente.

El supermercado como puerto franco del despropósito

No hay plazas suficientes, así que los coches emigran al supermercado 24 horas, que sin quererlo se transforma en puerto de desembarco de vehículos sin patria. Los carros de la compra se quedan varados entre SUV y furgonetas, las madres hacen slalom con los bebés y los ancianos practican el noble arte de esquivar retrovisores. Resultado: clientes que se van al Lupa porque allí, al menos, el parking es “privado para clientes” y la humillación viene con menos ruido.

Multas hubo; denuncias también. ¿Sirvieron? No. La costumbre se instaló como un mueble viejo que nadie quiere mover. Lo ilegal se volvió hábito, y el hábito se volvió excusa. Mientras tanto, el hidalgo sonríe: su renta entra puntual y su conciencia, si la tiene, se aparca en doble fila.

Libertad o libertinaje con matrícula

La libertad no es un cheque en blanco para invadir el espacio ajeno. Tener derecho a alquilar no te da derecho a arrebatar el derecho de los demás a moverse, comprar o pasear. Cuando el “libre mercado” se practica en la acera, la libertad de uno se come la libertad del otro. Y si el precio de una plaza es 18.000 euros —casi el salario anual de una persona—, entonces la movilidad deja de ser un servicio y pasa a ser un lujo con IVA.

Que alguien tenga dinero no le otorga un título para rediseñar la ciudad a su antojo ni para transformar la necesidad ajena en su negocio. El argumento del “porque puedo comprarlo todo” suena a confesión: puedo, luego me aprovecho; me aprovecho, luego me justifico. Es la lógica del saqueador con factura.

Ridiculizar para despertar: la sátira como espejo

Si los grandes satíricos del Siglo de Oro levantaran la vista, se inclinarían ante la escena: un coro de vecinos que aplaude su propia comodidad mientras expulsa a otros del espacio común. El que alquila plazas y aparca en la acera es un moderno señor feudal que cobra peaje por respirar la ciudad. La ironía es deliciosa: se presume de libertad mientras se practica el más burdo de los privilegios.

La sátira debe ser cuchillo y espejo. Que el que se aprovecha sienta la punzada de la vergüenza; que su sonrisa de recibo se convierta en mueca. Reírnos no es humillar por deporte; es señalar con humor afilado la mezquindad que se disfraza de derecho. Si la burla no despierta conciencia, se queda en chiste; si hiere, quizá haga pensar.

Moraleja punzante

No se trata de demonizar la propiedad privada ni de prohibir el alquiler de plazas. Se trata de poner límites. La convivencia exige renuncias pequeñas y gestos grandes: no aparcar en la acera, no convertir un supermercado en tu cochera personal, no normalizar lo injusto. Y sobre todo, poner freno al argumento del “porque puedo comprarlo todo”.

Que el que se aprovecha lea esto y sienta, aunque sea por un instante, la incomodidad que provoca. Que el que cobra por plazas y deja la calle como vertedero de su beneficio piense en la cara de la madre con el carrito, del anciano que no puede pasar, del cliente que se va a otro supermercado. No es solo una cuestión de orden público ni de multas: es una cuestión de dignidad. La dignidad no se aparca en doble fila; la dignidad no tiene matrícula.


Crónica de un aparcamiento anunciado

 “Aparcamentum: tragedia en tres actos y un bordillo”

(Sátira teatral, despiadada y exagerada sobre el incivismo cotidiano)

ACTO I: El Reino del Asfalto Perdido

Narrador
En esta noble comunidad —que algunos llaman urbanización y otros campo de batalla— se libra cada día una guerra silenciosa. No por el honor, no por la patria, no por el amor.
Por un hueco de aparcamiento.

Los vecinos, esos héroes de andar por casa, se transforman al volante en criaturas mitológicas:

  • El Centauro del Claxon,
  • La Gorgona de la Doble Fila,
  • El Minotauro del “solo tardo un minuto”,
  • Y el temido Dragón del Garaje Vacío, que guarda su plaza como si fuera un tesoro, pero aparca en la calle “por si llueve”.

Narrador (con desprecio elegante)
Porque, claro, bajar al garaje es una odisea.
La rampa es el Everest.
La puerta automática, un monstruo impredecible.
Y la lluvia… ¡ay, la lluvia!
Ese fenómeno meteorológico que convierte a adultos funcionales en criaturas temblorosas que prefieren dejar su coche en la calle antes que mojarse tres gotas.

ACTO II: El Arte de Rayar y Huir

Narrador
Pero si el aparcamiento es guerra, el civismo es la primera baja.
En esta comunidad, algunos vecinos practican un arte ancestral:
el rayado furtivo.

Aparecen coches con líneas que ni Picasso en su época cubista.
Golpes que parecen mensajes en braille.
Paragolpes hundidos que cuentan historias de cobardía mecánica.

Personaje: El Artista del Arañazo
(Entra en escena con una llave en la mano, mirando a ambos lados)
—No es vandalismo, es expresión personal.
—No es un golpe, es una firma.
—No es que no deje nota… es que soy tímido.

Narrador
Y así, entre golpes fantasma y rayas misteriosas, los vecinos aprenden una lección valiosa:
la chapa es mortal, pero la desvergüenza es eterna.

ACTO III: El Éxodo al Supermercado Día

Narrador
Cuando ya no queda hueco ni para una bicicleta plegable, comienza la peregrinación hacia el supermercado Día.
Ese templo del ahorro que, sin quererlo, se ha convertido en el parking oficial de los desesperados.

Los vecinos llegan en procesión, aparcan, suspiran y se van.
¿A comprar?
No.
¿A consumir?
Tampoco.
¿A molestar a los clientes reales?
Por supuesto.

Cliente del Día
(Entrando con bolsas, sudando)
—He tenido que aparcar en Cuenca para comprar una barra de pan.

Narrador
Pero el supermercado, en su infinita sabiduría, permanece impasible.
Quizá porque saben que luchar contra la falta de civismo es como intentar enseñar modales a un ladrillo.

EPÍLOGO: El País del “Quítate tú pa’ ponerme yo”

Narrador
Y así, queridos espectadores, termina esta tragedia cotidiana.
Una obra donde nadie muere, pero todos matan algo:
la paciencia, la convivencia, el respeto.

Porque lo que ocurre en esta comunidad no es una excepción.
Es un espejo.
Un reflejo cruel de una sociedad donde el lema nacional parece ser:
“Primero yo, luego yo, después yo… y si sobra sitio, aparco otro coche.”

Si Larra viera esto, escribiría un artículo tan afilado que habría que leerlo con guantes.
Y aun así, se quedaría corto.

Narrador (bajando el telón)
Aplaudan, si quieren.
No por la obra.
Por el milagro de haber encontrado aparcamiento para venir a verla.

País en obras: disculpen las molestias, gobierna la inercia

Autopsia de un país que aún firma actas de defunción en diferido


(Sátira en grado mayor. No apta para optimistas funcionales.)


Hay quien insiste en que España es un país. Otros, más imaginativos, la llaman democracia. Yo prefiero una definición más modesta y más precisa: es un decorado. Un decorado caro, eso sí, lleno de figurantes bien pagados y con un guion tan malo que ni sus propios autores lo leen, pero decorado al fin y al cabo. Aquí la política no se gobierna: se interpreta. Y casi siempre en clave de astracan.


El sistema político —esa maquinaria solemne que suena a hojalata— funciona con la puntualidad de un tren fantasma: siempre llega tarde, siempre hace ruido y siempre alguien sale mareado. Cada decisión es un parche, cada reforma es una excusa y cada rueda de prensa es un ejercicio de ventriloquía donde nadie mueve los labios pero todos mienten con gran convicción.



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I. El Gobierno: el arte de no hacerse cargo de nada


El Gobierno gobierna como quien conduce mirando solo el retrovisor: con miedo, con nostalgia y echando la culpa al de atrás. Si algo sale mal, es herencia recibida. Si sale peor, es culpa del contexto internacional. Si es un desastre absoluto, entonces es culpa de la ciudadanía, que no ha entendido la brillantez del desastre.


Gobernar, hoy, consiste en tres tareas fundamentales:


Anunciar planes que no se cumplirán,


Vender como éxito lo que ayer llamaban emergencia,


Y presentar cada improvisación como si fuera una estrategia a largo plazo.



El Gobierno no gestiona problemas: los administra en cuotas de titulares. Y cuando la realidad insiste en estropear el relato, se cambia el relato, no la realidad. Para eso están los asesores: para que la verdad no estorbe a la comunicación.



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II. La oposición: la noble ciencia de esperar sentado


La oposición, por su parte, no propone: aguarda. No construye alternativas: colecciona errores ajenos como quien guarda cupones para canjearlos en las próximas elecciones. Su programa político suele caber en una frase: “Cuando caigan estos, ya veremos”.


Critican todo con la misma energía con la que, si gobernaran, harían exactamente lo mismo, pero con otra tipografía en las notas de prensa. La oposición española no es un contrapoder: es un relevo de turno en una obra de teatro que lleva décadas en cartel con los mismos actores y distinto vestuario.


Y cuando por casualidad tienen razón, la desperdician con tanto entusiasmo que uno sospecha que la incompetencia aquí ya es una tradición constitucional no escrita.



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III. Bruselas: el oráculo burocrático


Luego está Bruselas, esa divinidad lejana que todo lo ve, todo lo mide y todo lo convierte en formulario. Bruselas no gobierna países: los audita. No habla de ciudadanos: habla de “indicadores”. No decide: “recomienda”, que es una forma elegante de ordenar sin mancharse las manos.


Desde allí nos envían fondos con una mano y normativas con la otra, y luego nos miran con decepción profesional cuando descubrimos que usar el dinero en condiciones exige algo que aquí escasea más que el sentido común: gestión competente.


Bruselas es como ese médico que receta dieta estricta a un paciente al que previamente ha empujado a un buffet libre y luego se sorprende de que esté obeso, cansado y de mal humor.



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IV. El campo, la industria, y la gente que estorba al relato


Y mientras tanto, fuera del plató, está la gente que trabaja. Gente incómoda. Gente que produce. Gente que no cabe en un eslogan.


Los ganaderos, agricultores, autónomos y demás sospechosos habituales de sostener el país empujan su piedra cada día, pero aquí Sísifo no tiene ni mito: tiene inspecciones, tasas, normativas contradictorias y discursos motivacionales desde despachos con calefacción central.


Ellos piden poder vivir de su trabajo.

El sistema les ofrece mesas de diálogo, comisiones de estudio y un PDF de 200 páginas.


Es decir: nada, pero bien maquetado.



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V. Manifestarse: el deporte nacional no federado


Cuando todo falla, salimos a la calle. No porque creamos que servirá, sino porque quedarse en casa ya parece complicidad. La manifestación española es un ritual de desahogo colectivo: se grita, se camina, se vuelve a casa y al día siguiente todo sigue igual, pero con más titulares y menos paciencia.


El poder mira estas marchas como quien mira el oleaje: molesta, hace ruido, pero uno confía en que pase sin mojarle los zapatos.


La protesta aquí no es un mecanismo de cambio: es una válvula de escape para que nada cambie demasiado.



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VI. El sistema: un monumento al parche


Nuestro sistema político no está diseñado para resolver problemas, sino para sobrevivir a ellos. No busca eficacia, busca aguantar. No aspira a funcionar bien, aspira a no caerse del todo.


Cada reforma es provisional.

Cada ley nace con fecha de caducidad implícita.

Cada promesa es una hipoteca que sabe que no pagará el mismo que la firma.


España no avanza: se las apaña. No planifica: reacciona. No corrige: disimula.


Es un país que confunde estabilidad con parálisis y consenso con resignación.



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VII. Epílogo: instrucciones para no volverse cínico del todo


Si Larra levantara la cabeza, no escribiría: levantaría acta. Y aun así, la realidad le parecería excesiva, poco verosímil, mal construida como novela, pero impecable como sátira involuntaria.


Aquí la política ha superado a la caricatura, la gestión ha superado a la parodia y el sistema ha superado a cualquier intento honesto de tomárselo en serio sin desarrollar una ligera ironía defensiva.


Seguimos, sí.

No por esperanza, sino por costumbre.

No por convicción, sino por inercia.


Y escribimos sátiras no para reírnos del país, sino para no acabar gritándole.


Si has llegado hasta aquí, no aplaudas el texto.

Apláudete a ti: en este país, aún leer la verdad con forma de ironía es un pequeño acto de resistencia civil.



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Si quieres, lo puedo afilar todavía más hacia un formato de columna de opinión de alto impacto, editorial incendiario o monólogo político para radio/podcast. Aquí ya estamos en nivel “que alguien se enfade… y con razón”.


                                                                                                                                        A 02/02/2026

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